4-8-2012
MAURICIO BERGSTEIN ESCRITOR Un escritor uruguayo radicado en Estados Unidos y su nuevo viaje por África: Mozambique, los niños que aún no saben lo que es un mapa y la experiencia de ponerse en contacto con aldeas fuera de la globalidad
LUCÍA COHEN – ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Para Mauricio Bergstein, el atractivo de su último libro, Adiós, Niassa, radica en el propósito. Lejos de aspirar a una interpretación intelectual o antropológica de los pueblos africanos, el objetivo del autor es transmitir una descripción visual y rememorar el espíritu aventurero que lo llevó hasta aquella parte del mundo.
Bergstein ya transitó por las crónicas de viajes. En Páginas de arena, premiado en el Concurso Nacional de Literatura, el autor narra su experiencia en el desierto del Sahara arriba de un camión que lo condujo de Nigeria a Marruecos. En La fiesta de los dioses revive su viaje a India, Nepal e Indonesia. Y La soledad del mercenario se basa en su vivencia en Inglaterra y en África: Zimbabue, Botsuana, el delta del Okavango y Malaui.
Esta vez, el uruguayo radicado en Aventura (Estados Unidos) cuenta su travesía de 13 días en Mozambique con dos compañeros: el profesor de secundaria uruguayo Juan Roselli y el mozambiqueño George Rodrigues. Un recorrido de 3.000 km desde el sur del país hasta las provincias de la frontera con Tanzania.
¿Cómo surgió Adiós, Niassa?
Como todo libro de viajes, nace para contar lo que se ha visto en otra parte. De hecho, lo que toda travesía aspira es alcanzar un lugar, un momento, a una persona, que se traduzca en una revelación o una maravilla. No sabemos cuándo o dónde eso sucederá, ni siquiera si sucederá, pero al menos partimos con esa esperanza.
¿Por qué se despide de Niassa, sobre el final?
Nuestro destino aparente era esa provincia del norte de Mozambique. Uno siempre se despide de los lugares por los que anda y de los lugares hacia donde va.
¿Cuál es el significado del adiós en su obra?
El viajero va por el mundo despidiéndose, la vida es un adiós permanente. Cada lugar que lo detiene es una pequeña vida que puede durar dos horas, dos días, dos semanas, dos meses, dos años o más. Nunca sabemos cuánto nos quedaremos pero sí que, muy probablemente, algún día volveremos a partir.
¿Cómo llegó a Mozambique?
Uno de mis compañeros de ruta, George Rodrigues, nació en ese país y conociendo mi predilección por el gran «continente oscuro» insistió en hacer una incursión relámpago. George vivió los primeros 15 años de su vida en la ciudad de Beira.
Antes de partir, supo que la escuela donde aprendió a leer y a escribir se encontraba en un estado deplorable y organizó una colecta con el fin de acudir en su rescate. A pesar de múltiples contratiempos procedimos a efectuar la donación y seguir de largo.
Con el dinero sobrante llenamos la furgoneta de útiles escolares con la misión de repartir ese material escolar en las innumerables escuelitas rurales que nos iban saliendo al paso.
¿Qué útiles repartieron y cómo se recibieron?
Las actitudes fueron variables. Pero no solo entre el alumnado, muchos de ellos no entendían para qué servía un bolígrafo o qué era un mapa porque nunca habían visto uno, sino también entre nosotros. Además de George, nos acompañó el profesor Juan Roselli, docente de filosofía en los liceos montevideanos y con una visión muy particular de los villorrios del Mozambique profundo. Él manifestó su discrepancia radical con la labor que pretendíamos llevar adelante. Si para George los útiles representaban instrumentos de salvación, para Roselli no eran más que «instrumentos de tortura». No aceptaba distorsionar el modo de vida aparentemente feliz de aquellos africanos trayéndoles la escritura y con ello el infierno contemporáneo del que tanto descreía.
¿Se inspiró en el trabajo de otros autores al escribir este libro?
No. No encontramos libros que narraran una travesía exclusivamente por Mozambique ni en Buenos Aires ni en las librerías de San Pablo. Son pocos los escritores-viajeros que han ido hasta allá y vuelto para contarlo.
¿Cómo fue la experiencia?
Exigía una resistencia tanto física como mental. Estuvimos muchas horas al día atravesando territorios desconocidos en una camioneta y durmiendo en aldeas en las que no esperaban la visita de tres blanquitos atemorizados. Los aldeanos no sabían qué estaba pasando cuando nuestra enorme furgoneta planeaba entre las chozas y la empotrábamos como mejor podíamos. Sin duda la interacción con las aldeas resultó formidable pues en todas ellas, a pesar de las conjeturas para nada halagüeñas, fuimos recibidos de la mejor manera. Podíamos ser extranjeros y provenir de otra cultura pero los otros, en ese caso nosotros, no éramos enemigos precisamente.
¿Qué fue lo más difícil del viaje?
Un obstáculo difícil fue cruzar el río Zambeze. Las condiciones que imperaban hacían pensar que uno podría esperar su turno una semana entera para cruzar en una embarcación que trasladaba vehículos.
¿Y de narrarlo? ¿Qué fue lo que más le impactó?
Desde el punto de vista literario, la mayor dificultad fue encontrar un momento para escribir y tomar notas pues el trajín del itinerario no lo permitía, lo que me obligaba a memorizar y reproducir los paisajes. Estos cambiaban en períodos muy cortos: cada dos o tres horas parecía que cambiábamos de país cuando en realidad solo habíamos rodado 100 km debido al malísimo estado de los caminos.Lo que más me impactó fue una apacible noche, luego de aterrizar en una de las mencionadas aldeas, cuando el profesor Roselli tuvo la ocurrencia de leer las poesías de sus autores favoritos manteniendo a toda una aldea en vilo aunque no comprendieran una sola palabra de lo que se estaba leyendo. Fue una verdadera ceremonia poética.
“El viajero va por el mundo despidiéndose”
06/Ago/2012
El Observador, Lucía Cohen